Atenas siempre: olivo y eternidad, por Anabel Sáiz Ripoll
Posted by María García Esperón Etiquetas: ReseñasFuente: Voces de las dos orillas
Atenas siempre,
María García Esperón. Ilustraciones: Rocío Parra,
Enlace Editorial, 2015. (Tren Dorado. Quinta estación
“Atenas siempre” es una novela compuesta por infinidad de teselas que condesan, de forma prácticamente
épica, el significado y la trascendencia de la cultura griega, simbolizada en
Atenas. En Atenas está todo, la palabra, la convivencia, el despertar del ser
humano, las raíces, el mito, las luces y las sombras. María García Esperón
contempla, sorprendida, emocionada, alborozada, incluso, la creación de un
nuevo mundo de la mano de Pericles y rinde tributo a esa época, sin olvidar
mencionar algunos de los episodios bélicos más importantes que estuvieron a
punto de hacer sucumbir nuestra propia manera de ser, como la batalla de
Salamina y que, a la vez, le dieron sentido .
Esparta, Atenas,
Persia y sus líderes y sus hombres y su pensamiento. Todo late y revive en
“Atenas para siempre”. Y no es la autora quien nos lo cuenta, sino una joven
hetaira de Mileto, Aspasia, quien ha sido educada de forma esmerada y se
dedica, con vehemencia y pasión, a recrear algunos pasajes de la historia
griega que ella no vivió, pero que siente como suyos. Es Aspasia una logógrafa
o historiadora que sueña, algún día con ir Atenas. Ella nos cuenta una doble
historia, la suya personal y la de las gestas que tanto admira, aunque de ellas
extrae siempre el elemento humano, las dudas, las tribulaciones, las emociones
y los sentimientos porque Aspasia no se quiere quedar en la superficie sino que
busca entender el alma humana, el porqué de las guerras, el porqué de las
renuncias y el sentido que tiene todo eso para ella y para la humanidad.
Aspasia llega a
Atenas y se establece allí. Su fama la precede y entra en contacto con los
grandes nombres del momento como Sófocles. El propio Pericles la invita a su
casa y Aspasia destaca como gran conversadora, como mujer entendida y capaz.
Tanto es así que Pericles, maduro y sin amor, se rinde a la hetaira y le propone
enlazar sus vidas. Aspasia es esa gota
luminosa, tal y como la recrea la ilustradora en la portada, que
reivindica el papel de la mujer en la Antigüedad Clásica. Y esa es la historia. La de una joven, la de un gran
estratega y la de un mundo, el ateniense, que se estaba fraguando y asentando
con Pericles.
La novela es un
canto al amor, a la amistad, a las diferencias y a la entraña última del
hombre, allí donde vive la soledad, donde habitan los fantasmas y también las
glorias y las grandes gestas. El valor y la derrota, la superación de las
dificultades, la lucha por los propios ideales habitan en “Atenas siempre”. Un
mundo de hombres que parecían dioses y de dioses que semejaban hombres es el
que vemos en la novela.
Cabe destacar la
exhaustiva documentación de la autora y la capacidad de manejar emociones y
sentimientos y acercarlos, nuevos y reales, a nuestros días, a nuestra época.
En nombre de Hera y Niké, en nombre del fuego sagrado surgió nuestra cultura y
nuestras raíces. Surgió Occidente y, de allí, se expandió al Nuevo Mundo.
Y ha sido una escritora mexicana, de
raíces, aztecas, quien nos lo está recordando. La evocación, la contemplación
justa y sin distancias, porque María García Esperón, no juzga, no interviene,
deja libertad a sus personajes, permite que el lector entre, despacio, con
cierto miedo al principio y con fervor, al final, en el mundo de Aspasia. Solo
ella, joven y sagaz, enamorada y culta, puede entender que “El hombre no es más
que el acantilado donde chocan las olas del destino”.
No es gratuito que sea
una mujer quien entienda la historia y sepa aunar guerras con amores. Gracias a
esta especial visión entendemos que Atenas, mira por dónde, tiene alma
femenina.
En “Atenas
siempre” acaban triunfando, cómo no, las palabras: “Las palabras que pueden
ganar una batalla, elevar a un hombre a la condición de héroe, arrancar del
pueblo sacrificios increíbles, levantar una ciudad dorada desde el lodo”.
Otra mirada a los clásicos en el Gimnasio Moderno de Bogotá, el 10 de marzo de 2016
Posted by María García Esperón
Los Propíleos
La ciudad arquetípica -Troya, Atenas- brota al engarzarse los niveles. La Polis y la Acrópolis, la ciudad alta. Para acceder a ella se requiere un umbral, un pasadizo, unas puertas y para ello Mnesicles en el 437 a.C., bajo la guía de Pericles diseña los Propíleos.
No es empresa fácil, el terreno es accidentado y las prohibiciones que custodian lo sagrado acotan su trabajo. No deben tocarse los terrenos de Ártemis, la Cazadora es celosa. Y vengativa -pensaría Fidias años después, en el exilio. Tampoco debe tocarse la Vía Sacra, ni un centímetro del espacio de Atenea Niké. Y además, hay que continuar el proyecto de Pisístrato, del siglo VI, que inició la construcción de los Propíleos.
Mármol pentélico, el mármol que habla. Debe callar cuando se culmine en los Propíleos la Procesión Panatenea, cuando se extienda en el manto de la luz el manto de la diosa, tejido por las manos de las mujeres de Atenas. Los Propíleos no son una deidad de oro y marfil, sino un escenario santificado para que la mano del hombre toque por un segundo la mano del dios, de la diosa, el corazón de su Atenas.
Los Propíleos, hoy restaurados, tienen la infinita belleza de las obras de arte inacabadas. La Guerra del Peloponeso, en 431 a.C. interrumpió ese proyecto arquitectónico, que como los hijos de los hombres, fue también un sueño.
Atenas siempre
Autor: María García Esperón
Ilustrador: Rocío Parra
Enlace Editorial. Colección El Tren Dorado
Bogotá, 2014
144 páginas
La bella Aspasia, pupila de la hetaira Afrodisia en la culta ciudad jónica de Mileto, sintió desde niña el llamado de Atenas. Desde los catorce años eligió la profesión de logógrafa o historiadora y aprendió a amar el espíritu ateniense y, sin saberlo a ciencia cierta, se enamoró a distancia de Pericles, cuya vida iba siguiendo y cuyos actos reseñaba en sus crónicas.
Por fin logra establecerse en Atenas y recibe en su casa a artistas y filósofos, conoce a Fidias y a Sófocles, a Anaxágoras y Zenón y finalmente a Pericles. El amor surge entre los dos como si hubiera sido escrito por el destino y de sus manos entrelazadas brotará para la eternidad el sueño de la Acrópolis y para siempre, Atenas.
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